Michelangelo Merisi “Il Caravaggio” en Madrid

Son tres las pinturas de “Il Caravaggio” que podemos contemplar sin salir de la capital de España: Santa Catalina de Alejandría (c. 1598) en el Museo Thyssen-Bornemisza, David vencedor de Goliat (c.1600) en el Museo del Prado y Salomé con la cabeza del Bautista (1609) en el Palacio Real de Madrid. Hace unos años los admiradores y amantes de la obra de este singular y genial pintor, tuvimos la ocasión de disfrutar de dos de sus obras que visitaron el museo del Prado con motivo de la exposición El Hermitage en el Prado y de la visita de S.S. Benedicto XVI, con ocasión de las Jornadas de la Juventud. Estas obras fueron respectivamente, El Tañedor de laúd y El Descendimiento y aprovecharé este post para hablar también acerca de ellas.
Las otras dos pinturas de “Il Caravaggio” que se encuentran en España son San Juan Bautista (1598) Oleo sobre lienzo, 169 x 112 cm y San Jeronimo penitente (1605) Oleo sobre lienzo, 140,5 x 101,5 cm que se pueden contemplar en el Museo Catedralicio de la catedral de Santa María de Toledo y en el Museo de la Abadía de Montserrat respectivamente.
Respecto al San Jerónimo penitente, cabe destacar que durante el verano de 2006, la obra pudo verse en el Museo del Prado tras la restauración realizada por Elisa Mora, restauradora del museo a lo largo de más de 3 meses. Una limpieza en profundidad que permitió, gracias a las radiografías realizadas, comprobar como en un primer momento, el índice de la mano derecha de San Jerónimo estaba extendido, acariciando la barba. Caravaggio, finalmente lo modificó para dar mayor importancia a la piedra que el santo sostiene en la mano para golpearse el pecho, piedra que era prácticamente invisible antes de la limpieza del cuadro y ahora puede verse con claridad. Pintado en Roma en 1605, poco después de que Caravaggio cometiera el asesinato que lo obligó a huir de la ciudad, nos muestra al santo en actitud de meditación, delante de una calavera iluminada desde lo alto por una luz que, en Caravaggio simboliza la presencia de lo sobrenatural y lo divino: Dios es la luz. San Jerónimo, avejentado y cansado, muestra en esta obra su torso desnudo y su rostro absorto refleja la profunda meditación en que se encuentra sumido.
Pero antes de seguir comentando y describiendo estas auténticas obras maestras de “Il Caravaggio”, me parece que no estaría de más conocer con algo mas de detalle la singular, atribulada y turbulenta vida este genio del arte barroco y sus pinturas tenebristas.
Michelangelo Merisi da Caravaggio, más conocido como “Il Caravaggio”, era hijo de Fermo Merisi, quien estuvo al servicio de Francesco Sforza Colonna. Se formó artísticamente con Simone Peterzano en Milán, hecho documentado en 1584. Tras su aprendizaje milanes, en 1592 viaja a Roma, donde frecuenta el taller del Caballero de Arpino y de Antiveduto Gramatica. En 1594 Caravaggio conocería al que fue su primer protector, el cardenal Del Monte, para quien Caravaggio pintó, entre otras obras, La cabeza de Medusa, de la Galleria degli Uffizi, y La Buenaventura, de la Pinacoteca Capitolina.
La vocacion de San Mateo - Caravaggio (Capilla Contarelli)
Su primer encargo importante fueron los lienzos sobre la vida de San Mateo para la capilla Contarelli de San Luis de los Franceses (1599-1600), a los que siguieron los que realizó para Santa Maria del Popolo (1600-1601). Estas obras, tanto por su realismo, como por la utilización de un intenso claroscuro, causaron gran impresión en los ambientes artísticos romanos. Fue durante esos años cuando Caravaggio pintó El Santo Entierro, actualmente en la Pinacoteca Vaticana, La Virgen de Loreto, en la iglesia de Sant’ Agostino, La Virgen de los palafreneros, en la Galleria Borghese, o La muerte de la Virgen, en el Musée du Louvre. Caravaggio llevo a cabo algunos encargos para los más importantes mecenas del momento, como eran el marqués Vincenzo Giustiniani, el cardenal Scipione Borghese o el banquero Ottavio Costa. Sin embargo, muchas de sus obras se toparon con una fuerte oposición, debido sobre todo al ambiente hostil excistente en torno al artista, propiciado tanto por una alegada falta de decoro, su más que probable homosexualidad, así como por sus constantes problemas con la justicia.
Piazza Navona (Roma)
La Roma de Caravaggio era una ciudad de ajustes de cuentas sanguinarios, guerras territoriales entre bandas bien pertrechadas de armas letales y códigos de honor. El encuentro entre Caravaggio y el rival al que hirió de muerte no debemos, por tanto, imaginarlo como un duelo ritual de esgrima, sino como una sucia pelea callejera con navajas dagas o puñales. Tras estos hechos, ocurridos en 1606, en su huida de Roma el pintor, que había sido condenado a la pena capital por decapitación, fue dejando tras de sí un rastro de obras maestras cada vez más sombrías, que mostraban claramente su estado de ánimo y lo tremendamente complicada que era su situación. Se trasladó a Nápoles, ciudad en la que su pintura causó un especial impacto. Desde este momento la vida de Caravaggio se convirtió en una constante huida.
En 1607 se establece en Malta, bajo la protección de Alof de Wignacourt, gran maestre de la Orden de los Caballeros de Malta, donde pintó La Decapitación de San Juan Bautista, su única obra firmada. A continuación, se instaló en Sicilia donde permaneció entre 1608 y 1609; de esos años son La Resurrección de Lázaro, en Messina, y El entierro de Santa Lucía, en Siracusa. A finales de 1609 regresó a Nápoles y durante su viaje de regreso a Roma falleció de forma un tanto misteriosa en Porto Ercole. Caravaggio, que no tuvo discípulos directos, contó con numerosos seguidores de su particular estilo, no sólo por Italia sino por el resto de Europa. La influencia de su pintura llegó a artistas como José de Ribera “El Españoleto”, Rembrandt o Velázquez.
Caravaggio - Autorretrato
Que Caravaggio fuera al mismo tiempo un gran pintor, un truhan y un asesino nos atrae irresistiblemente hacia su vida y su persona. Pero no hay leyenda que no esté hecha de malentendidos, y la vida de Caravaggio está llena de ellos. Su vida es de novela sin necesidad de los añadidos y las exageraciones propios de la literatura. Su arte es original no porque se adelante a su época, sino porque pertenece del todo a ella, a lo mejor y a lo peor, a lo más civilizado y a lo más cruel de una época ya pasada, pero imposible de olvidar.
Y ahora, pasemos a conocer con mayor detalle las obras de “Il Caravaggio” que, o bien podemos disfrutar de modo permanente en las pinacotecas de la capital, o bien han pasado por ellas con ocasión de alguna exposición.
 
Santa Catalina de Alejandría (c. 1598) Óleo sobre lienzo 173 x 133 cm. Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid
Esta obra de Caravaggio le fue encargada en Roma, casi con total seguridad, por su primer protector el cardenal Francesco Maria del Monte. La figura de Santa Catalina destaca por su naturalismo y la modelo ha sido identificada con Fillide Melandroni, una célebre cortesana de la época. Vestida ricamente como corresponde a una princesa y arrodillada sobre un cojín, mira directamente al espectador. Santa Catalina aparece con todos los atributos que aluden a su martirio: la rueda con los cuchillos, la espada con la que fue decapitada y la palma. El juego de líneas oblicuas que se establece entre los objetos que aluden a su tormento, la inclinación de su cuerpo, la dirección de su mirada y el haz de luz que la ilumina crean un conjunto de gran eficacia pictórica al que sin duda contribuye el firmísimo modelado del claroscuro. La luz ilumina de forma dramática la escena creando unos claroscuros típicos del pintor. La interpretación que Caravaggio hizo de la luz y el volumen, presentes en este lienzo, tuvo una enorme repercusión tanto en Italia como en el resto de Europa. La Santa Catalina de Caravaggio es uno de los lienzos del Museo cuya procedencia, perfectamente documentada, nos permite rastrear su historia casi desde que se pintó hasta nuestros días. Fue adquirida para la colección Thyssen-Bornemisza en 1934 en una galería de Lucerna. La obra ha sido fechada un poco antes del gran ciclo que Caravaggio realizó para la capilla Contarelli de San Luis de los Franceses, en Roma, en un momento en el que su estilo empezaba a cambiar hacia un potente claroscuro que acentúa el valor expresivo. La gama cromática de los ropajes, un conjunto de violetas y azules yuxtapuestos, recuerda las combinaciones tonales empleadas en el norte de Italia. Cuando se ha visto la Santa Catalina de Caravaggio, cualquier otro cuadro de santas mártires, incluso los de Ribera o Zurbarán, se vuelve inverosímil. Caravaggio no pinta una figura sobrenatural, con esa mezcla de irrealidad y sadismo que se suele encontrar en los cuadros de martirios, el artista retrata a una mujer joven a la que ha puesto un vestido lujoso porque ha de representar a una princesa, arrodillada en una postura incómoda sobre un cojín, que sostiene una espada sobre cuyo filo posa los dedos como si de una caricia se tratara.
 
David vencedor de Goliat (c. 1600) Óleo sobre lienzo 110 x 91 cm. Museo Nacional del Prado, Madrid
El Museo del Prado conserva una de sus extraordinarias interpretaciones del enfrentamiento entre David y Goliat, tema bíblico que Caravaggio trató en varias ocasiones, llegando incluso a autorretratarse en la figura de Goliat en la versión que regaló al cardenal Borghese. Aunque la historia del enfrentamiento entre David y Goliat aparece recogida en el Antiguo Testamento (Samuel I, 17), Caravaggio escoge un episodio sin referencias textuales ni antecedentes iconográficos: el momento en que David se dispone a atar con una cuerda la cabeza decapitada del gigante filisteo para así poder transportarla más fácilmente hasta el campamento israelita. La cabeza de Goliat, ya separada del tronco, muestra en su frente la herida provocada por la piedra que el joven pastor israelí le lanzó con su honda. Es un rostro inerte, con la mirada perdida y la boca ligeramente abierta, aunque carente de la expresividad y dramatismo que presentaba en un primer momento, visible gracias a la radiografía, con los ojos desorbitados y la boca abierta como profiriendo el último grito en el instante preciso de su decapitación. La disposición de los personajes, en un primerísimo plano, y la intensa iluminación dirigida, que crea efectistas contrastes lumínicos y conduce la mirada del espectador por los focos de interés del cuadro, contribuyen a la gran fuerza expresiva y emocional que transmite esta escena. 
Salomé con la cabeza del Bautista (1609) Óleo sobre lienzo 116 x 140 cm. Palacio Real, Madrid.
Todo el mundo conoce la historia de la princesa Salomé, despreciada por San Juan Bautista y que bailó para su padre, obteniendo como premio la cabeza del mártir. En el lienzo, Caravaggio recoge el momento en que Salomé presenta la bandeja con la cabeza al espectador, mientras el verdugo mira conmiserativamente la cabeza del bautista. La postura de Salomé es poco convencional, apartada de la bandeja, pero no con asco o remordimiento, sino con una enigmática media sonrisa y mirando directamente al espectador. Asimismo, es poco frecuente la aparición del tercer personaje, la anciana de rostro ajado, que no se identifica con ningún personaje de la historia bíblica. La composición debió resultar todo un éxito para el autor puesto que la repitió en diversas ocasiones, siendo la más famosa de ellas la Salomé de la National Gallery de Londres. Salomé con la cabeza del Bautista es un óleo de Caravaggio, fechado en 1609. Carlos VII de Nápoles, que reinaría posteriormente en España como Carlos III, lo trajo a Madrid en 1759 entre las obras de su colección particular. Giovanni Bellori, que escribió la primera biografía de Caravaggio en 1672, afirmaba que este cuadro fue un encargo del gran maestre de la Orden de Malta, Alof de Wignacourt, sin embargo, el barco en que era llevado a Malta fue retenido por el Reino de Nápoles, quedando la obra en su posesión. Se considera una de las mejores obras de la época final de Caravaggio, por el bello colorido, el vívido contraste de luces característico del tenebrismo, que Caravaggio había moderado en sus últimas obras, así como por el realismo de los modelos retratados. Es sin duda, una de las obras más destacadas de su autor, de las cinco que se conservan en España.
El Descendimiento.
 El Descendimiento (1602-1604) Óleo sobre lienzo, 306 x 214 cm. Museos Vaticanos, Ciudad del Vaticano.
Una de las ventajas indiscutibles que tuvo la visita de su Santidad Benedicto XVI a Madrid con ocasión de la Jornada mundial de la Juventud (JMJ) el año 2011, fue que gracias a ella pudo verse expuesto en Museo del Prado y durante unos meses El Descendimiento de Caravaggio, como préstamo de los Museos Vaticanos. Para un estudiante de historia del arte, el Descendimiento del Vaticano es una obra familiar, que nos remite directamente hacia la Piedad de Miguel Angel. La primera impresión, abrumadora, es su tamaño, la escala agrandada de esas figuras que sin embargo son también tremendamente terrenales. En El Descendimiento, Caravaggio dispuso las figuras conforme a un esquema compositivo compacto, integrado por un grupo recortado sobre un fondo oscuro y construido conforme a una línea diagonal que, desde el ángulo inferior izquierdo, alcanza el lado opuesto de la tela. Destaca, en el primer plano, Nicodemo, que vuelve su cara al espectador, y San Juan Evangelista, ambos portando el cuerpo de Cristo. Su mano roza apenas la losa donde debía ser lavado, ungido y perfumado. Detrás se localiza la Virgen María, con actitud serena; María Magdalena, que seca sus lágrimas con un paño blanco y María de Cleofás, que, desolada, alza sus brazos al cielo. El brazo de Cristo cuelga inerte con el peso que solo tiene un cuerpo muerto. Y el gesto con el que Nicodemo le sujeta las piernas no es el de un personaje propio de cuadro de tema religioso, sino el de un trabajador manual que tiene la costumbre de transportar sobre sus espaldas objetos pesados. Sus pies desnudos , propios de un campesino son ásperos y pisan firmemente en el suelo. Son esos pies encallecidos y sucios de los pobres de Caravaggio, que ofendían en su momento, tanto como sus santas o sus vírgenes, en cuyas facciones se reconocía a prostitutas habituales de los ambientes más sórdidos de Roma. Caravaggio con El Descendimiento, consiguió un cuadro de altar de fuerte impacto dramático, un dramatismo acentuado por el violento claroscuro habitual en el artista.
 Tañedor de laúd (1595-1596) Óleo sobre lienzo, 94 x 119 cm. Museo del Hermitage, San Petersburgo.
Igualmente y gracias a las buenas relaciones de nuestro país con Rusia, tuvimos la ocasión de disfrutar en Madrid y mientras duro la exposición El Hermitage en el Prado, desde el 8 de Noviembre de 2011 hasta el 25 de marzo de 2012, del Tañedor de laúd, procedente del Museo del Hermitage de San Petersburgo. En el Tañedor de laúd, un joven Caravaggio nos presenta a un hermoso efebo de serena melancolía y belleza, que nos recuerda de forma clara al músico central del Concierto de jovenes. El estudio de la partitura presente en la obra, ha permitido llegar a la conclusión de que se trata de un tenor, interpretando un conocido madrigal del siglo XVI, del francés Jacques Arcadelt. El primer verso del madrigal dice “Voi sapete ch’io v’amo”, es decir, “Vos sabéis que os amo”. Teniendo en cuenta el exquisito gusto musical del cardenal del Monte, quien encargo esta obra a Caravaggio, resulta claro el homenaje que el pintor hace a su protector. Aunque se ha identificado con un muchacho, sobre todo por el tono de la partitura, los rasgos y la blandura del gesto son deliberadamente femeninos. El andrógino, aquel ser que posee las características de ambos sexos, era considerado desde la Antigüedad como la perfección absoluta y el símbolo del amor ideal. Además, el ramo de flores que equilibra la composición a la izquierda del efebo, no es sino una alusión a lo efímero de la belleza y a lo vano del amor físico. El joven músico está tocando o está fingiendo que toca, no podemos saberlo con certeza. El Tañedor de laúd representa uno de los dos mundos que Caravaggio frecuentaba en Roma, el de los palacios en los que se celebraban fiestas mientras se discutía acerca de hallazgos arqueológicos o descubrimientos científicos. En el palacio del Cardenal del Monte, Caravaggio escuchaba a jóvenes castrati interpretar madrigales exquisitos, pero en cuanto salía a la calle, Caravaggio se adentraba en su otro mundo, el de la vida más canalla de Roma.
El ambiente que le condujo irremediablemente hacia su autodestrucción.

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